Días
anteriores leí el artículo de un periodista de un famoso diario, en
el cual habiendo visitado la ciudad de Nueva York, recapacitó sobre
las diferencias que había con Buenos Aires, y en la extraña
conclusión juzgó a la segunda como una ciudad atroz y atiborrada de
males que no dudó en enumerar. Esa comparación lo animó para hacer
otras diferencias análogas, de índoles políticas y morales, entre
el país del norte y el nuestro. Tuve la certeza, al terminar de
leerlo, que esa forma frágil de reflexión es antigua y condice con
la repetición de una idea ajena que siempre entendemos como cierta.
La refutación de esa idea y no lo verosímil de aquellas
comparaciones es el objeto de esta nota.
El
primer error reside en la falaz idea de confundir que un país de
pobreza económica es, indefectiblemente, pobre en su idiosincrasia
cultural. Así, podemos rápidamente, arrastrando aquel error,
vanagloriar las culturas de los países más poderosos del mundo. Yo
admiro, por ejemplo, las literaturas inglesas y francesas; no
obstante las diferencias son cuantitativas con la literatura de mi
país: puede explicarse en los años que posee de vida cada Nación.
Por lo demás, son distintas e irrepetibles.
El
segundo error lo atribuyo al espíritu del forastero. Cuando
visitamos otro país, u otra ciudad, es probable –por no decir que
es una certeza- que nuestro percibir sea incompleto, parcial, y
equivocado. A veces nuestra crítica es menos rigurosa que los
habitantes familiarizados con el lugar, porque la admiración de lo
nuevo nos embriaga y arrebata nuestra razón. Esa observación es
feliz: Chesterton decía que, al volver a Inglaterra, siempre quería
conocerla por primera vez como si fuera un perpetuo extranjero.
El
tercer error, lo sospecho una falencia general del argentino.
Tendemos a imaginar –porque no a pensar- que todos los preceptos
morales, éticos, políticos y religiosos, son propiedad de unos
cuantos países, y que debemos utilizarlos como medida para elaborar
apreciaciones. Nuestros despropósitos son tales, solo cuando los
comparamos con las excelencias del otro. Ésta, me parece, es la
mayor falacia. Algunos, todavía, sostienen a Estados Unidos como
dueño de ese cetro. Conjeturan que sus habitantes son agraciados y
virtuosos, y que debemos imitar esas lejanas luces. Creen que todas
sus acciones son dignas y temen de lo que puedan pensar de nosotros.
No
dudo que esta ciudad, o este país adolecen de muchas carencias. Soy
habitante de este punto cardinal del mundo, y el empedrado, y el
nombre de las calles, y los antiguos edificios y aquel río y la
humedad de la llanura me son tan familiares como el rostro en el
espejo. También sé que la revelación de sus defectos no me serán
dados cuando sea un extranjero. El periodista justifica la crítica a
su ciudad, a partir de la observación de otra ciudad. Después
comprueba que la otra ciudad es mejor, y deduce tramposamente que sus
habitantes son mejores, y que sus funcionarios también deben serlo.
Entiendo que en esa interpretación apresurada no existe ningún
pensamiento meritorio. Fundamentar una teoría social desde una
comparación arbitraria parece una acción superflua, y termina
anulándose ella misma.
Confieso
que no hay despecho en estas observaciones. Solo declaro que es una
costumbre unida a los prejuicios y que alcanza, a veces, a los
pensadores y comunicadores sociales.
Texto: José Ignacio Alonso
Imagen: Tomada de la red si su autor no desea compartir su imagen será removida.








Coincido contigo Adrián...Y no sólo es una observación injusta, sino poco inteligente, por decir `lo menos´. Es una pena y da bronca, sobretodo por tratarse de un periodista de un famoso diario. A esta `actitud´-lo opuesto al chauvinismo- le llamamos "malinchismo" aquí en México (proviene de Malinche, una mujer indígena que a la llegada de los conquistadores españoles, se `unió´ a ellos y `ayudó´ a la caída del imperio Azteca...pero esa otra historia, por cierto también un poco injusta para con Malinche). Lo que quiero comentar es que, por lo visto, ¡sucede en todos los países Latinoamericanos! ("¿complejo de inferioridad", precisamente a raíz de la conquista y la época colonial, historia que tenemos en común?)
ResponderEliminarYo tuve la suerte de haber estado, de conocer, como turista -hace muchos años- Buenos Aires y ¡me encantó! (Incluyendo, por supuesto, a l@s porteñ@s :) También he estado en Nueva York y sí, es fascinante...pero son "cosas" distintas, cada sitio -al igual que las personas, o la música- tiene su propia belleza, `personalidad´, `sabor´, etc.
Un abrazo
Yo he vivido y visitado varios paises, todos ellos con sus encantos y sus problemas. El mejor para cada uno es el suyo propio aunque Hollywood nos haya vendido la idea durante décadas de que USA es lo más de lo más, mientras que su cultura y su forma de pensar son -desde mi punto de vista- un total desastre.
ResponderEliminarUn saludo.
Coincido. El poderìo econòmico no significa acerbo cultural.
ResponderEliminarSolo basta con viajar a yanqueelandia.
Un abrazo.
NAVEGAR Y EXPLORAR, SON DOS ACCIONES MUY DIFERENTES. POR ESO ES MEJOR NO SENTIRSE TURISTA, MENOS EXTRANJERO.
ResponderEliminarUN ABRAZO
Ser potencia mundial no garantiza todo lo demás.
ResponderEliminarSaludos.
Adrián,
ResponderEliminarHe visitado algunas veces a Buenos Aires y probablemente me ha embrujado pues cada vez la veo más hermosa.
Jorge Luis Borges tenía razón cuando escribió sobre ella: "yo la siento eterna como el agua, como el aire".
Me encanta su arquitectura, sus calles, sus paisajes, sus árboles, sus monumentos y su gente maravillosa. Es excepcional y única en América. Cuando viajo, sólo me fijo en lo bello.
Un fuerte abrazo.