Panorámica del observador.: 1/06/12

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30 junio 2012

La vanidad del periodista


Un periodista (Marcelo Moreno del diario Clarín) meditó en un texto sobre el tema vanidad. Primero, supuse que su objeto era abandonarse a una reflexión intelectual; pero al comenzar a leerlo comprendí que lo escribió con la única función de dar unos cuantos ejemplos que ruidosamente no lo dejaban dormir. Entre ellos, nombra un texto de Página 12 en el cual el filósofo Juan Pablo Feinmann discurre sobre las situaciones de China, Brasil, India y Argentina, y que al final de la nota aclara que “la información en esta nota no proviene de Internet”. Después el periodista, afanoso de tanta vanidad explica: “nos sugiere que las fuentes son de una sofisticación tal que no pueden habitar la red de redes, a la cual los comunes mortales solemos acudir...” Hay más evidencia de la envidia del periodista que de la vanidad del filósofo. Este, que conoce la investigación formal de las bibliotecas que son necesarias para dilucidar un ensayo sobre presentes sociales, sabe que la combinada, revoltosa, incompleta y subjetiva información de la red todavía no es del todo beneficiosa y que su completa utilización académica puede llevarnos a involuntarias falsedades. Su aclaración, a mi parecer, no es fruto de la vanidad, sino de una advertencia para que el lector no cayera en una desconfianza muy común. El periodista, que acaso no está acostumbrado a la investigación que le enseñaron en la Universidad, percibe en el fondo de las palabras del filósofo, un secreto enojo hacia los que no cumplen con las mínimas preocupaciones para acercarse a la verdad. Después recordé algo que podía explicar la vulnerabilidad del señor Moreno. El filósofo en cuestión había sido declarado varias veces por el diario en el que pertenece aquel, como un ferviente colaborador del gobierno; es posible que el periodista lo haya relacionado con la vanidad del poder político que incansablemente denuncia, como si se tratara de una congregación de fieles. Ese prejuicio, personal o grupal de la corporación a la que pertenece, lo motivó a escribir un texto de dudosa moralidad. Los lectores estamos sujetos a éstos y otros tantos trastornos intelectuales. Se me objetará que, así como el periodista confunde al filósofo con el gobierno que en ciertas ocasiones complace, ahora puedo estar confundiendo al señor Moreno con la corporación que defiende. Yo me atrevo a ensayar esta respuesta: tanto el filósofo, como el periodista, o como cualquier individuo que escribe o trabaja en la comunicación y en la información, debe poseer una responsabilidad estricta de comunicador. El hombre, sentado en su escritorio, con una hoja o una computadora, debe sentirse libre para ejercer cualquier opinión. Opinar con argumentos válidos, positivamente, hacia un gobierno, porque éste ejecutó algunas medidas meritorias, o porque posee cierta ideología que le agrada no me parece un acto culpable. Ahora bien, pensar y escribir en función de una corporación que carece de buenas medidas, de ideologías, y hasta de escrúpulos me parece que es prostituir el capital intelectual. El fin, lo sé, es no perder un puesto de trabajo. He escuchado por ahí, que el periodismo independiente no existe, ya que deberían ser individuos que comunicaran la información desde sus propias casas, sin depender de ningún empresario o dueño de medios. Esta observación es verosímil, pero también creo que todo espíritu es esencialmente libre para expresarse. El artista, sospecho, es el ejemplo más alto de dicho anhelo. Mientras la información sea parte del consumo, mientras sea utilizada como transacción de intereses, me temo que llamarla independiente será la primera y más grande falsedad entre todas las que podrían llegar después.


 Nota: José Ignacio Alonso 
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25 junio 2012

¿Qué decía Nathaniel Hawthorne?


Nathaniel Hawthorne


En Salem, lo imaginé solitario
Arrebatado de literatura,
Prosiguiendo con su triste lectura
De forjador de un mundo imaginario.
No vivías –nos dijiste-, soñabas
Que vivías; ese mustio alegato
Lo creíste con fervor en el rato
Que te tocó de existencia. Pensabas
Que escribir un incomprensible sueño
Con sus laberintos y su absurdo
Vulneraría el día común y burdo
Y esas horas profanas que desdeño.
No hubo la muerte, ni dónde ni cuándo;
No se nombran cuando mueres soñando.

17 junio 2012

Las caras del destino

Las caras del destino


Nobunaga, general japonés, se enfrentaba en la última guerra con un ejército muy superior al suyo. Ni él ni sus soldados confiaban en la victoria. Sus tropas, compuestas de personas de campo y aduladoras de la superstición y algo fatalistas, estaban con la estima muy por debajo y asumiendo anticipadamente su derrota. Antes de entrar el combate el general se dirigió a un santuario sintoísta y allí dijo a sus soldados: "Ahora rezaremos a nuestros dioses y después lanzaremos una moneda al aire para que ellos nos digan si venceremos o saldremos derrotados. Si sale cara, la victoria será nuestra, si sale cruz, retrocederemos. El destino nos revelará su rostro."
Lanzó la moneda al aire y salió cara. Los soldados se llenaron de tal ansia de luchar que , aún siendo, inferiores en número, consiguieron una espectacular victoria. A la mañana siguiente, uno de los ayudantes dijo a Nobunaga: "Es cierto, nadie puede cambiar el rostro del destino". "Así es", respondió el general, mientras mostraba a su ayudante la moneda que él había utilizado. Era una moneda falsa que tenía la misma cara por ambos lados.

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11 junio 2012

Nota sobre el periodismo


Periodismo


Quiero detenerme en un tema que en estas épocas peca de insensible obviedad y que oradores de discursos, pensadores y políticos se ocupan de aquel todos los días. El periodismo está en un estado de endeble autocrítica, y se escuchan definiciones de la profesión y de su función de distintas y a veces contradictorias índoles

La mayoría de las veces las escucho de los mismos periodistas, que se han sentido obligados a pensar sus propias acciones. Todos defendemos nuestras pasiones; esto es común en los seres humanos y no debemos reprochárselo al periodismo. Pero las definiciones, y el estudiar sustancialmente una profesión nos lleva indefectiblemente a lidiar con la ética

Ricardo Roa, editor adjunto del diario Clarín, también cayó en la moda de la reflexión introspectiva y, esgrimiendo su orgullo, se animó a escribir: 

¿A qué aspira un periodista? A tener más parte de razón que de menos: nunca se la tiene del todo. Y a ayudar a la vida de la gente. Para eso es imprescindible no confundir nunca el periodismo con la propaganda”.

En esas palabras de sincera emoción, hay varias extrañezas. Después de hacerse la pregunta, la primera respuesta -entre todas las que pudo ensayar, entre todas las que pudo pensar- fue involucrar la razón. Razón y no razonamiento; más tarde escribe humildemente que nunca se la puede tener del todo; no obstante, nosotros entendemos, desde allí, que el señor Roa la tiene en gran parte. Más tarde sentencia con lo que para mí es una ruidosa revelación: 

“Y a ayudar la vida de la gente”. 

En este punto sostengo que el editor nos está embaucando con una supuesta solidaridad que no puedo comprender de qué forma puede llegarle a la gente. Puedo, sin embargo, ensayar una respuesta: informar al mundo es una forma de ayuda.
Pero el periodista nunca nos habla de la información, se limita a declarar que desde su puesto de trabajo está ayudando a la gente. Es menester admitir, que la información nunca ayuda de una manera directa a la vida de los hombres. Sospecho que la verdadera causa de la manifestación del señor Roa se debe a la primera parte del texto, donde se responde él mismo a la aspiración de su profesión; no tenemos toda la razón, parece pensar, pero tenemos una gran parte. Acaso más que los ciudadanos de este país. Entonces es nuestra labor moral hacerles llegar la verdad que nosotros, desde esta profesión, somos los únicos que podemos descubrir. De este modo estamos ayudando a despertar los espíritus para percibir injusticias y corrupciones.
Me he aventurado, impertinentemente, a pensar una reflexión ajena. También me he aventurado a generalizar el pensamiento de un gremio a partir de la opinión de un solo hombre. Pero compruebo que una reflexión así, o similar, es la única que se ajusta a ciertos enojos que llegan del mismo rubro, y de sectores dispares. El señor Roa llama a este presente discutible como un ataque de prensafobia. El neologismo no es una casualidad; entiende esta crítica al periodismo como una enfermedad que hay que sanar. No es, para su pensamiento, una parte de ese despertar de los ciudadanos; es un virus que se ha propagado, por algún presidente astuto, o por algún sector con un interés definido. En su fuero interno piensa que la crítica al periodismo tiene que ser una acción no democrática. Pero no cuentan los inquisidores con que ellos tienen el rostro de la verdad, como alguna vez tuvieron los poetas griegos; todo guerrero sabía que pasaría a la inmortalidad si un poeta honorable cantaba su valentía; hoy son los periodistas los que tienen en sus manos la reputación ajena. Lo saben los políticos, y lo saben también algunos pensadores y filósofos que se atreven como intelectuales pensar la política.
No ignoraré la última oración del editor. Termina diciendo: 
“Para eso es imprescindible no confundir nunca el periodismo con la propaganda”. 
Naturalmente, si hablamos de propaganda, hablamos de propaganda política; es evidente que se refiere a colegas que tienen cierta inclinación al gobierno. De esto podemos deducir: Nunca dice la verdad un periodista que demuestra inclinación a un gobierno, porque se convierte en propaganda. Solo existe verdad en quienes no aprueban nada del gobierno, y no dicen nada que pueda favorecerlos. Así, toda aparente acusación hacia un funcionario del gobierno tiende a ser verdadero, porque entre la bondad de un periodista y de un político nos quedaremos siempre con el primero. Tampoco deberíamos hacer mucho esfuerzo intelectual para comprobar si nos están diciendo la verdad, porque estamos más acostumbrados a la corrupción del político que a la del periodista. ¿Pero qué sucede si un día descubrimos que dichos periodistas también son partes esenciales, acaso sin quererlo, de un poder económico? En ese descubrimiento, el periodista y el político poseen roles e intereses similares. Y el periodista, además, corre con una importante ventaja: en la democracia, los poderes políticos cambian de mano, pero la información no. Ellos seguirán estando cuando el gobierno haya sucumbido al voto del electorado.

Texto: José Ignacio Alonso
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