Quiero
detenerme en un tema que en estas épocas peca de insensible obviedad
y que oradores de discursos, pensadores y políticos se ocupan de
aquel todos los días. El periodismo está en un estado de endeble
autocrítica, y se escuchan definiciones de la profesión y de su
función de distintas y a veces contradictorias índoles.
La mayoría
de las veces las escucho de los mismos periodistas, que se han
sentido obligados a pensar sus propias acciones. Todos defendemos
nuestras pasiones; esto es común en los seres humanos y no debemos
reprochárselo al periodismo. Pero las definiciones, y el estudiar
sustancialmente una profesión nos lleva indefectiblemente a lidiar
con la ética.
Ricardo Roa, editor adjunto del diario Clarín,
también cayó en la moda de la reflexión introspectiva y,
esgrimiendo su orgullo, se animó a escribir:
“¿A
qué aspira un periodista? A tener más parte de razón que de menos:
nunca se la tiene del todo. Y a ayudar a la vida de la gente. Para
eso es imprescindible no confundir nunca el periodismo con la
propaganda”.
En esas palabras de
sincera emoción, hay varias extrañezas. Después de hacerse la
pregunta, la primera respuesta -entre todas las que pudo ensayar,
entre todas las que pudo pensar- fue involucrar la razón. Razón y
no razonamiento; más tarde escribe humildemente que nunca se la
puede tener del todo; no obstante, nosotros entendemos, desde allí,
que el señor Roa la tiene en gran parte. Más tarde sentencia con lo
que para mí es una ruidosa revelación:
“Y a ayudar la vida de la
gente”.
En este punto sostengo que el editor nos está embaucando
con una supuesta solidaridad que no puedo comprender de qué forma
puede llegarle a la gente. Puedo, sin embargo, ensayar una respuesta:
informar al mundo es una forma de ayuda.
Pero
el periodista nunca nos habla de la información, se limita a
declarar que desde su puesto de trabajo está ayudando a la gente. Es
menester admitir, que la información nunca ayuda de una manera
directa a la vida de los hombres. Sospecho que la verdadera causa de
la manifestación del señor Roa se debe a la primera parte del
texto, donde se responde él mismo a la aspiración de su profesión;
no
tenemos toda la razón, parece
pensar,
pero tenemos una gran parte. Acaso más que los ciudadanos de este
país. Entonces es nuestra labor moral hacerles llegar la verdad que
nosotros, desde esta profesión, somos los únicos que podemos
descubrir. De este modo estamos ayudando a despertar los espíritus
para percibir injusticias y corrupciones.
Me he aventurado,
impertinentemente, a pensar una reflexión ajena. También me he
aventurado a generalizar el pensamiento de un gremio a partir de la
opinión de un solo hombre. Pero compruebo que una reflexión así, o
similar, es la única que se ajusta a ciertos enojos que llegan del
mismo rubro, y de sectores dispares. El señor Roa llama a este
presente discutible como un ataque de prensafobia.
El neologismo no es una casualidad; entiende esta crítica al
periodismo como una enfermedad que hay que sanar. No es, para su
pensamiento, una parte de ese despertar de los ciudadanos; es un
virus que se ha propagado, por algún presidente astuto, o por algún
sector con un interés definido. En su fuero interno piensa que la
crítica al periodismo tiene que ser una acción no democrática.
Pero no cuentan los inquisidores con que ellos tienen el rostro de la
verdad, como alguna vez tuvieron los poetas griegos; todo guerrero
sabía que pasaría a la inmortalidad si un poeta honorable cantaba
su valentía; hoy son los periodistas los que tienen en sus manos la
reputación ajena. Lo saben los políticos, y lo saben también
algunos pensadores y filósofos que se atreven como intelectuales
pensar la política.
No ignoraré la
última oración del editor. Termina diciendo:
“Para eso es
imprescindible no confundir nunca el periodismo con la propaganda”.
Naturalmente, si hablamos de propaganda, hablamos de propaganda
política; es evidente que se refiere a colegas que tienen cierta
inclinación al gobierno. De esto podemos deducir: Nunca dice la
verdad un periodista que demuestra inclinación a un gobierno, porque
se convierte en propaganda. Solo existe verdad en quienes no aprueban
nada del gobierno, y no dicen nada que pueda favorecerlos. Así, toda
aparente acusación hacia un funcionario del gobierno tiende a ser
verdadero, porque entre la bondad de un periodista y de un político
nos quedaremos siempre con el primero. Tampoco deberíamos hacer
mucho esfuerzo intelectual para comprobar si nos están diciendo la
verdad, porque estamos más acostumbrados a la corrupción del
político que a la del periodista. ¿Pero qué sucede si un día
descubrimos que dichos periodistas también son partes esenciales,
acaso sin quererlo, de un poder económico? En ese descubrimiento, el
periodista y el político poseen roles e intereses similares. Y el
periodista, además, corre con una importante ventaja: en la
democracia, los poderes políticos cambian de mano, pero la
información no. Ellos seguirán estando cuando el gobierno haya
sucumbido al voto del electorado.
Texto: José Ignacio Alonso
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